Hablemos de violación.

Publicamos la columna de la escritora Isabel Allende difundida en El Mercurio, en que expresa una preocupación que compartimos por las mujeres – especialmente las niñas y adolescentes: aquellas que cotidianamente en Chile sufren violaciones sexuales y resultan embarazadas, no pueden acceder al derecho a decidir abortar o no.

Hablemos de violación

Isabel Allende: “Como mujer y madre, defiendo el derecho a tener autonomía sobre mi cuerpo. Como directora de mi fundación, cuya misión es contribuir a la salud, educación y protección de mujeres y niñas, conozco los peligros del aborto clandestino…”

He seguido con una mezcla de estupor y alarma los debates sobre la legalización del aborto en caso de violación. Estupor, porque quienes defienden los derechos del feto no contemplan para nada los derechos de la mujer o la niña que ha sido violada. Alarma, porque esta causal será aprobada o rechazada por hombres en el Senado. Podría agregar que me he divertido con algunas opiniones cavernarias, como la de la Teletón, pero este es un asunto demasiado serio como para echarlo a la chacota.

Ningún hombre, salvo aquellos que han sido violados, puede imaginar en toda su magnitud lo que eso significa para una mujer y mucho menos puede imaginarlo en el caso de una niña. En Chile, se estima que 40.000 adolescentes quedan embarazadas al año y a menudo los violadores son miembros de su familia, tal como la mayoría de los femicidios son perpetrados por un marido, amante o novio de la víctima. La horrible realidad es que las niñas y las mujeres suelen correr más riesgo de violencia en sus hogares que en la calle.

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Creo que la única forma en que un hombre puede votar a conciencia sobre esto es poniéndose en el caso de que su hija, su hermana o su madre sea violada. Le ruego, señor senador, que antes de votar me acompañe por unos minutos en un ejercicio de imaginar. No me dé razones ni argumentos abstractos, póngale cara y nombre a la víctima; por ejemplo, la cara y el nombre de su hija o su nieta de catorce años. Ahora visualice con detalle el acto mismo, paso a paso, desde el primer gesto amenazante del agresor y el primer contacto forzado, hasta los golpes y la brutal penetración, con la carga de terror que eso conlleva. Le pido que sienta el dolor de la niña, el asco y la humillación. Imagínese lo que sigue: la herida psicológica, la vergüenza, el silencio obligado, el temor de una enfermedad, las pesadillas, la baja autoestima y la desconfianza. Y ahora, haga un último esfuerzo e imagine que dos meses después de haber sufrido ese trauma, ella viene a decirle que está embarazada. Piense en su propia furia e impotencia al comprobar que la niña no tiene alternativa, está obligada a llevar a término el embarazo, a menos que cometa el delito de recurrir a un aborto clandestino, arriesgando la salud, la vida y la cárcel. Y después de dar a luz, su hija o su nieta tendrá que criar a ese niño, procurando olvidar que es el fruto de una violación, o entregarlo en adopción. El destino de esa muchacha convertida en madre a la fuerza se torció irrevocablemente, así como el del niño que nace rechazado.

Si este escenario le parece melodramático, puede aumentarle la edad a la víctima. Digamos que se trata de su hija o su nieta adulta, que ha sido asaltada o forzada por su compañero. Le aseguro que el trauma es similar.

Nadie es proaborto. El aborto es una medida extrema, a la que no se recurre a la ligera, es una experiencia traumática e inolvidable. En Chile se realizan entre 140.000 y 160.000 abortos ilegales al año. Idealmente no habría que pasar por esa experiencia si se impartiera educación sexual desde la pubertad y los anticonceptivos estuvieran al alcance de todos, menores de edad tanto como adultos, pero esa no es nuestra realidad. Sin embargo, esto no se aplica en el caso de la violación, porque lo último que piensa el agresor es usar un condón. La víctima no tiene defensa contra contagio venéreo o embarazo; por lo mismo, el aborto legal debe ser una opción. Quienes tienen reparos religiosos o de otro tipo pueden ignorar esa opción, pero no pueden imponer sus creencias al resto de las chilenas. Hay separación del Estado y la Iglesia. La moral no es monopolio de los católicos. Esta es una decisión fundamental, que cada mujer o niña debe hacer con la propia conciencia.

Si los hombres tuvieran guagua, el aborto sería un derecho, jamás estaría en discusión. ¡A ver si iban a obligar a un macho chilensis a tener guagua contra su voluntad! En justicia, la opinión (o el voto) de los hombres sobre este tema no debería contar. La opción de la maternidad solo incumbe a las mujeres, porque sobre nosotras recae la responsabilidad del embarazo, la lactancia y la crianza de los hijos. Estamos hablando de nuestros cuerpos, nuestros sentimientos y nuestras vidas, señores.

Como mujer y madre, defiendo el derecho a tener autonomía sobre mi cuerpo. Como directora de mi fundación, cuya misión es contribuir a la salud, educación y protección de mujeres y niñas, conozco los peligros del aborto clandestino. Como chilena, sé que esos peligros afectan principalmente a las embarazadas de bajos recursos. Las otras pueden abortar sin peligro y con discreción.

Desde 1989, Chile tiene las leyes más draconianas del mundo sobre el aborto. Me alegra que, gracias a la visión de Michelle Bachelet, la labor de cientos de organizaciones femeninas y el clamor de la opinión pública, el tema del aborto esté por fin sobre el tapete. Ya era hora. Espero con toda el alma que el Senado vote en representación de todos los chilenos, no solo de los católicos, para aliviar la tragedia que afecta a miles y miles de mujeres y niñas.

Isabel Allende
Escritora

Fuente de la información: El Mercurio
Fuente de la imagen: www.isabelallende.com