Las sobrevivientes no olvidamos.

Compartimos la columna de Ximena Astorga sobre la respuesta de la institucionalidad pública a las mujeres víctimas de violencia de género.

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Hoy todo Chile habla de la violencia contra las mujeres. Se escuchan comentarios en supermercados, cafés, peluquerías, incluso en almuerzos familiares. Todos se encuentran consternados frente al horror de los acontecimientos que se relatan estos días. Todas y todos hablamos de Nabila. No me es indiferente lo que ella ha vivido. Me hace revivir toda mi historia de violencia. La historia de abusos y maltratos, no solo de mi ex marido, sino también de todas las instituciones que no me prestaron orientación y apoyo necesario en el duro proceso de búsqueda de justicia y reparación.

Que las instituciones no funcionen para las mujeres que vivimos violencia y tomamos la difícil decisión de salir de la relación, hace que las cosas resulten aún más complejas para mujeres que se encuentran en condiciones de alta vulnerabilidad, sin redes de apoyo y con una desorientación enorme en relación con lo que se debe o no hacer. En mi caso, nunca conocí de un protocolo claro que me señalara lo que viviría y lo que debía hacer con posterioridad a la denuncia. Cómo enfrentar a mi victimario y la frustración que me generarían las instituciones de justicia.

Somos muchas las que denunciamos. Es justificación para que tristemente esas denuncias queden en el camino y el maltratador termine creyendo que la justicia es “perfecta” para la impunidad. Estoy convencida de que no debería ser así. Pero también convencida de que el Estado es poco diligente cuando decide no investigar una denuncia por violencia, sentencia suspensión condicional de la causa o da una salida alternativa y, como en la historia de Nabila, no indica medidas que cautelen su vida.

El día que decidí denunciar la violencia que había vivido durante más de 15 años, en el 2012, pensé que mágicamente se activaría una red de apoyo y contención en donde todo se me facilitaría, todas las instituciones funcionarían y no estaría sola. Pero lamentablemente todo falló.

Me encontré con operadores de justicia insensibles a la problemática. Una consejera técnica que me obligó a entrar en una sala pequeña para enfrentarme cara a cara con mi agresor, sin dejar entrar a mi abogado, para después decir que yo estaba “descontrolada” porque lloraba mucho (¿el miedo no es un argumento para llorar de esa forma?, me pregunto), y una jueza que señaló que, según su criterio, los episodios de violencia que yo sufrí eran “propios” de una separación. Fue la Corte de Apelaciones la que me dio la razón y pudimos seguir con la denuncia. Pero quién repara el maltrato que me causaron esas dos personas que, se supone, son expertas en la materia. Deduzco que, hasta ahora, no existe una preparación de calidad para consejeros técnicos, jueces o carabineros para acoger a las víctimas. Las personas que investigan y toman decisiones, que conocen de estas denuncias, deben ser sensibles a la violencia contra las mujeres.

Una arriesga la vida al denunciar o abandonar la casa con lo puesto. Denunciar es romper con algo que estuvo guardado por años, por miedo, vergüenza, por muchas razones y motivos que las mujeres que vivieron o viven violencia sabrán comprender. Denunciar es arriesgar la vida, sosteniendo en su corazón la esperanza de que al denunciar comenzará a vivir la vida libre de violencia que siempre se mereció vivir. Denunciar es sin duda un acto de amor hacia una misma y hacia los hijos e hijas, porque una quiere terminar con la agonía y el terror que significa llegar a la casa. Solo las que vivimos maltrato podemos saber el miedo y la angustia que se siente cuando se cierra la puerta de entrada y el agresor se encuentra molesto, o cuando empieza a consumir alcohol y alzar la voz en el momento en que “algo” no le parece. Una vive un infierno, una no ve salida porque tus redes de apoyo no existen, tu maltratador se encargó de romperlas, todas, y al final una se encuentra sola.

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Cuando escucho en televisión el llamado a denunciar, no dejo de pensar que esa acción es un inicio pero no la solución del problema. Sin apoyo y compromiso de las instituciones, el camino se hace muy difícil para quienes denunciamos. Los operadores de la justicia no pueden seguir actuando como si nada pasara en Chile. Hoy es Nabila, no queremos que mañana sean más mujeres.

Recuerdo lo vivido con una pena tremenda y me sorprende volver a mirar todo aquello a lo que me expuse. Pero la revictimización sufrida por parte de las instituciones, al hacerte relatar una y otra vez todo el maltrato sufrido, es un recuerdo muy amargo que quedará en mi corazón. Hablo de las personas a quienes las víctimas recurren a exponer sus casos, con las que se supone puedes contar y no es así, ni siquiera te sientes acogida o validada en tus relatos.

Mucho se critica a los medios de comunicación porque no saben poner en común la complejidad y las razones de la violencia que se ejerce contra las mujeres, pero lo único que me mantuvo con vida en el peor momento, cuando estaba escondida en casa de amigos, fue exponer mi situación en los medios de comunicación, enviando cartas hasta a la señora del Presidente de la República, y amenazar a mi ex marido con hacer público mi caso, en dar entrevistas y luchar con una gran red de amigos, familia y organizaciones de mujeres que creyeron en mí.

Hoy nuevamente siento mucho dolor, el mismo que cuando me insultaba, me golpeaba o me ahorcaba sin ya poder respirar. Recibía muchos golpes sin entender la razón. Pido romper con los privilegios que han tenido y tienen, hasta hoy, los agresores de mujeres. Ellos deben tener claro que en este país no hay tolerancia e impunidad frente a la violencia contra las mujeres. Que la prohibición de acercamiento es eso: una prohibición. Que sepan que si una llama a Carabineros, el lapso de espera de las autoridades será tan corto que no podrán seguir golpeándonos a nosotras o a nuestros hijos e hijas.

Es muy fácil opinar y cuestionar la forma en que las mujeres víctimas y sobrevivientes de violencia actuamos. Ellos y ellas no saben, no comprenden la relación de abuso a las que hemos sido sometidas. Es por eso que insisto: la denuncia no arregla todo, es solo el comienzo y puede ser un buen comienzo si fortalecemos las instituciones que deben operar posteriormente a nuestra acción de denunciar.

Perdí todo, casa, bienes materiales, recuerdos, dignidad, amigos y amigas, fe, todo. Mi vida no ha sido fácil, llevo años luchando y no bajaré los brazos jamás, porque soy una mujer luchadora e idealista que cree que en algún momento todo cambiará, que como sociedad reaccionaremos y se le dará la importancia que se merece a este problema. Porque somos mujeres, porque nos merecemos una vida libre de violencia, porque necesitamos levantarnos y seguir, porque hay hijos e hijas junto a nosotras y porque queremos ser felices. Espero que el crimen contra Nabila sea el inicio del fin, que reaccionemos y que no sigamos cada cierto tiempo escuchando (y reviviendo) las terribles y tristes historias de mujeres asesinadas y violentadas que después se olvidan. Nosotras, las sobrevivientes, no olvidamos.

Fuente: www.elmostrador.cl